– EL REVELADOR: competencia hinchada: Rabia; talento desconectado: Tristeza; vocación prohibida: Orgullo. Emociones originarias: Alegría y Amor. Arquetipo: Prometeo.

Dibujo tipología reveladora por Preciada Azancot

Personaje de la Saga Emocional MAT: Roberto.

Personaje de “Cuentos de la abuela“: Luz Radiante, la princesa del velo.


Breve descripción de la tipología MAT Reveladora:

Literalmente, del libro "El esplendor de lo humano" de Preciada Azancot.

El Revelador es un ser libre e inasible. Es el rebelde y el inconforme que denuncia a gritos todas las mentiras, los abusos, las injusticias y las cadenas. Con ello se encadena, porque como ataca y protesta todo el tiempo, teme ser le blanco de los ataques de la sociedad de conformistas y de resignados que los demás conformamos. Si el ataque no llega, él se encargará de inventarse un complot contra él, porque es muy paranoico. Si encuentra apoyo y solidaridad creerá que se trata de un malentendido que sólo posterga el ataque que no tardará en llegar. Con ello, se pone defensivo y agresivo, hasta ser rechazado. Entonces encuentra confirmación de sus más negras opiniones sobre los demás. Lo esencial es no cuestionarse su paranoia y no reconciliarse con el mundo. Su expresión preferida es : “la gente es…” y le añade todos los calificativos negativos que cabe imaginarse.

Él vive la vida como un rey en el exilio: todo ocurre como si, en algún momento y lugar, hubiera perdido, sin él recordarlo, ese mundo maravilloso, su mundo, hecho de paz y de felicidad, de sensualidad y de comprensión, de esplendores y de creaciones, que él siente como suyo y del cual lo privaron un buen día sin ninguna razón. Por pura envidia. Se siente, así, como Gulliver en el país de los enanos: él es un gigante bonachón y paciente, gozón y brillante que no se mete con nadie. Son los demás los que se meten con él, porque es más grande que ellos. Por envidia. Hasta que suelta un rugido y huyen despavoridos ¡Cobardes!

Ese mundo, su mundo, en el cual es rey, sólo lo encuentra en el arte, creado por seres de excepción como él y para seres como él. ¿Por qué no existirá en el mundo reinos como los del arte? ¿porqué el mundo es tan mezquino, pequeño y carcelero?, ¿por qué Dios es injusto? Entonces reconoce el fondo de su conflicto: es Dios el inadecuado, el injusto, el incapaz y chapucero que ha creado un mundo imperfecto y carcelario y que lo ha puesto allí, a él, solo y abandonado. El hombre es mejor que Dios, al menos los hombres como él, capaces de crear mundos perfectos como los de la literatura, de la poesía, de la música, del baile, de la escultura, de las civilizaciones remotas y desaparecidas, que él ama como a nadie. Ese es su mundo. Su único mundo posible. Así se ve a sí mismo. Mientras tanto, los demás lo ven como a un irresponsable, como a un adolescente atrasado incapaz de aceptar la disciplina mínima necesaria para la vida en sociedad.

Él se siente tolerante y magnánimo. Se siente como un león indulgente y bonachón alrededor del cual juguetean monos y ardillas, que él ve con encantamiento. Es visto como un amargado resentido, un inconforme y un hippie atrasado, incapaz de insertarse en una sociedad de adultos.

Él tan sólo busca la perfección de la belleza y de la verdad y también de la libertad. Es visto como el único que imposibilita la paz y la concordia, como el que introduce la guerra civil y la discordia, como el que separa a los que desean vivir en armonía.

Él es el más sensible de todos los seres humanos. Sueña con un mundo de belleza y de armonía, de respeto y de consideración. Es visto como un duro vengador a quien sólo lo excita la guerra y la revolución.

Él es el más inteligente, y busca siempre opciones novedosas que supriman y erradiquen el dolor. Es visto como un duro, indiferente al dolor, porque no quiere lloriquear y lamentarse como los demás.

El Revelador es el más incomprendido de entre las tipologías, aunque, como ya vimos, todas lo son también. Pero el Revelador, aunque se queja de ser incomprendido, también lo disfruta al tiempo. Así se siente diferente y encuentra razones para condenar al mundo y no reconciliarse con él.

Y es que el Revelador se asigna el revelar las incoherencias y las injusticias del mundo que, según él, hemos fabricado todos los seres humanos, salvo él, claro está. Es muy cierto que el Revelador es una piedra de toque de lo que no va bien, de lo torcido, de lo estúpido, de lo cobarde, de lo mimético, y, sobre todo, de lo idolátrico. Su función estaría perfectamente realizada si conectara su talento y su vocación, después, claro está, de haber redimensionado su competencia. Si esto ocurriera, encontraría soluciones genialmente inteligentes a nuestro subdesarrollo, de manera calmada y tranquila, sin enfadarse jamás y con gusto por ayudar. Si esto ocurriera, sólo denunciaría lo falso, lo mentiroso, lo idolátrico, empezando por lo suyo propio, y propondría mundos nuevos salidos de su imaginación, de su capacidad creadora, mundos basados sobre la autenticidad y sobre la osadía tranquila del que sabe que lo que es, es. Y colocaría esa creación excepcional al servicio del amor y de la solidaridad humana. Y pondría esa pertenencia al servicio de una espiritualidad limpia basada en la certeza de un creador justo y perfecto que dio lo mismo a todas sus criaturas. Vale decir que el Revelador revelaría la verdad y las salidas posibles; si estuviera conectado, si estuviera fuera del Mapa. Como todos los demás, como todos nosotros. Pero, mientras está en el Mapa funciona, como todos los demás, como si hubiera dos pesos y dos medidas: él ve la paja en el ojo ajeno, eso nadie se lo puede negar, pero no ve la viga en el suyo. Denuncia como sí él no tuviera ídolos, como sí él no hinchara su rabia y no transformara su tristeza en resentimiento, como si nos acusara a todos de haberle hecho lo que, en verdad, en el allá y el entonces una o dos personas le hicieron a él. Como si a los demás no se les hubiera obligado a desconectar su talento y su vocación e inflar grotescamente su competencia. Y, en vez de llorar sus pérdidas, en vez de permitirnos consolarlo y mostrarle que nosotros sí lo amamos y lo valoramos, berrea y nos ataca a todos, poniendo a todos en el mismo saco de los malvados. Y de los pigmeos.

Su opinión sobre los demás la tiene muy clara: su mayor enemigo es el Legislador: le tiene verdadera fobia porque su orgullo inflado le choca y le ofende máximamente. Para él es el creador de este mundo facilista, idólatra e invertido que él desearía erradicar de la faz de la tierra.
El Promotor lo divierte porque se burla del mundo, pero no tolera sus trampas y triquiñuelas, pues él es muy ético y moral. Además actúa como si él, el Promotor, fuera el tipo de hombre o mujer que verdaderamente atrae y seduce al sexo opuesto, y lo convence de que él, el Revelador, es visto como un niño que no puede atraer a ningún adulto.
El Constructor es, a sus ojos, un esclavo despreciable que adora la servidumbre y las cadenas para las cuales vive.
El Reactivador sí vale la pena y le gustaría contar con él. Es al único a quien aprecia, a quien valora. Con él, formaría un mundo completo, con todo lo que merece la pena considerar. Pero ese tonto se la pasa extasiado ante los pigmeos y jamás se le une. Se pasa la vida arrodillado ante quien lo daña y lo usa. ¡A tortazos lo pondría él en pie para que se le una! Pero cuando le oye hablar mal de la gente, y no digamos de su gente, el Reactivador lo acusa de ser el único malo de la película y lo abandona.
En cuanto al Fortificador, considera que pudiera ser persona si no fuera tan cobarde y tan callado. ¡Bah! Al fin y al cabo es un muerto.

Así que está solo en el mundo. Esa es la única verdad. Su verdad. Y su único escape son los mundos imaginarios, artísticos o virtuales.

Pero cuando se cansa de increpar y de culpar al mundo, cae en la cuenta de que tal vez es él el único inadecuado, el único que sobra: ¿Acaso no es él quien ataca siempre a los demás, para luego acusarlos de ir a por él? Así toca su miedo mayor: el de ser Doctor Jekyll y Mister Hide. Entonces se desespera y sólo desea morir e ir a la nada. Porque sólo allí estará en su reino, en su elemento, tendrá su merecido y, además, estará donde quiere estar, ya que así estará lo más lejos de ese dios cruel que creó un mundo malo. Malo como él.

Pero cuando se sabe descodificar la rabia inflada del Revelador y se traduce como dolor por todas las imperfecciones del mundo, descubrimos la verdadera personalidad que allí encierra. Es tierno, alegre y juguetón como un gatito. Es generoso y sensible. Es maravillosamente tolerante con los defectos y taras de los seres en quienes realmente confía. Es un gran protector de los mejores. Y está asustado, muy asustado de desagradar al mundo, de verse rechazado por él.

En todo caso, que se le conozca a fondo o no, nadie duda de que el Revelador es el gran justiciero. Su figura emblemática es la del llanero solitario que defiende a los oprimidos, a los huérfanos y a los humillados, que restablece la armonía y la paz, y que se retira cabalgando hacia la próxima injusticia, donde seres atropellados lo necesitan y que él amparará y libertará con su nobleza, con ese corazón de oro que no le cabe en el pecho. Y se irá, porque jamás deseó honores ni gratitudes que podrían acarrear privilegios que no desea.

En el amor, el Revelador sueña con la Reactivadora, su pareja cósmica, con quien podrá construir un universo de luz radiante. Pocos se atreven a realizar este sueño porque, absurdamente, creen que serán rechazados. Así que se casan con una persona lo más gris posible, que dice admirarlos y necesitarlos, pero que luego lo intentarán castrar y someter a su poder.

Como padre o madre, el Revelador es a la vez una maravilla pues considera que los niños ya nacen perfectos, pero, también los que menos desean ser padres. Ellos consideran que esta vida es demasiado fea y amenazadora como para querer traer a seres que sufran por su inconsciencia. Por un deseo narcisista de perpetuarse a costa de seres inocentes que no pidieron estar aquí.

Lo que más valora el Revelador, ya lo sabemos con creces, es el arte, bajo todas sus formas y expresiones. Vive para el arte y del arte. Es su refugio y lo único que le da fuerzas para seguir adelante. Vive inmerso en ese universo de excepción que considera su única patria posible. También adora viajar, porque es su forma de aceptar el mundo real: de manera remota y provisional. Es un gran explorador y un gran aventurero. Si por él fuera, estaría dando siempre la vuelta al mundo. Sólo se llevaría un tejano, una camiseta, su guitarra y unos buenos libros. No necesita nada más para ser feliz.

La dimensión espiritual de un Revelador es a imagen y semejanza de su interioridad: conflictiva. Tiene un grave problema con dios, a quien culpa de todas las injusticias cometidas por los hombres, pero siente fascinación por la Eternidad y la Inmortalidad. Cuando lo confrontan con su dilema principal, el de no aceptar el mal como una de las opciones del hombre dotado de libertad, él se sale del atolladero con una pirueta: si él fuera dios, descabezaría a los malos, destrozaría ciudades enteras para que aprendieran. Por lo tanto, como dios no lo hace, ama el mal. Y punto. El Revelador inventó su propia religión: el maniqueísmo, una eterna lucha entre el bien y el mal, donde, claro, al final el bien triunfa, como en su historia arquetípica de Prometeo. ¡Pero qué cansancio! ¡Qué pereza, un mundo así!

Su casa contiene libros, es un refugio para libros. Y para discos. Por lo demás, no le interesan ni el confort ni los objetos caros que ligan y suponen ataduras. Si por él fuera, si no fuera por los libros y discos, no tendría casa. No le gusta mucho invitar en su casa. Prefiere un bar de copas donde se come de pie, informalmente, picoteando. Aunque sí le gusta mucho conversar. Pero prefiere hacerlo caminando. Le encanta moverse y es un caminante infatigable, que se divierte así y se siente vivo. Además eso le hace drenar adrenalina y se siente más pacífico.

Todos los animales son sus animales preferidos. Los adora a todos y los prefiere a los hombres. Tarzán es un Revelador arquetipal. Los demás lo identifican con felinos: gatos para los más banales y león para los superiores.

Lo que más lo desespera de sí mismo es cuando, ya cansado de acusar al mundo, se ve de repente como Mister Hide que venció al Doctor Jekyll y mostrará al mundo lo malvado que es. Después de esas crisis, se suele enemistar de nuevo con el mundo y con “la gente”, para no suicidarse ni dejarse morir de hambre.
Su relación con la vocación sólo se cumple cuando logra convertirse en un gran artista, lo que ocurre con mucha frecuencia en Reveladores. Lo demás, como edificar civilizaciones, o empresas, o familias no le interesa demasiado, pues no lo valora tanto. Tiene un don muy especial para reconocer el valor real de las obras de arte, tanto de las suyas como de las ajenas. Sueña con convertirse en un genio, y si se empeña, lo logra. Pero no suele ser reconocido en vida. Con lo cual su enemistad con el mundo se exacerba aún más.

Si quieres conocer más en profundidad esta tipología, te recomendamos leer el libro “El esplendor de lo humano”, de Preciada Azancot. Puedes adquirirlo en:
http://www.amazon.com/El-Esplendor-lo-Humano-Spanish-ebook/dp/B00CA5OGT4

El Esplendor de lo Humano - Preciada Azancot

Para aprender a redimensionar tu competencia, la Rabia, te recomendamos la lectura del libro: “El universo de la justicia: Erradicando la ira“, fijándote especialmente en el personaje de Roberto:

EL UNIVERSO DE LA JUSTICIA - PRECIADA AZANCOT - CUBIERTA

Para aprender a reconectar y recuperar tu talento, la Tristeza, te recomendamos la lectura del libro: “El universo del desarrollo: Eliminando el dolor“, fijándote especialmente en el personaje de Roberto:

EL UNIVERSO DEL DESARROLLO - PRECIADA AZANCOT - CUBIERTA

Para aprender a dejar de huir, a descubrir y a recuperar tu vocación, el Orgullo, te recomendamos la lectura del libro: “El universo del estatus: conquistando el orgullo“, fijándote especialmente en el personaje de Roberto:

EL UNIVERSO DEL ESTATUS - PRECIADA AZANCOT - CUBIERTA